En esta segunda entrega vamos a tratar de explicar el problema desde las dos orillas, utilizando un relato que el lector juzgará si es ficticio o real.

De estar en la balsa a morir en una orilla que nos deje vivos

La burguesía catalana, que jamás ha sido independentista en su mayor parte, si ha tenido sin embargo clara la postura de que Cataluña es el motor de España. Por tanto ha utilizado siempre esa fuerza para posicionarse de forma placentera como un grupo imprescindible para España y su estabilidad, pactando con quien ha considerado necesario para sus intereses, pero siempre dejando un ligero poso de desconfianza y de escapismo en caso de ser necesario.

Viajaba así en una balsa de la mano de aquellos partidos que dotaban de “estabilidad” al sistema, retroalimentándose y consiguiendo para Cataluña altas cotas de autonomía y financiación. Sin embargo, de forma simultánea, hacían y deshacían a su antojo en Cataluña mientras otros hacían la vista gorda, con unos aumentos en sus gafas del 3%.

Luego empezaron a conocerse datos de unas balanzas fiscales que hacían a Cataluña perder dinero. Y ese sumidero alimentó una sensación de robo del pez grande al chico, lo que sacó a relucir el problema de la asimetría y la solidaridad entre autonomías. Y ahí empezaron a mostrar la cabeza una terna de actores, que empezaron a comerle terreno a la burguesía acomodada.

Era innegable que en las cloacas del Estado se movía algo. Y todos lo sabían. Y más tarde o más temprano se abrirían las alcantarillas. Y esos otros actores aprovechan para sacar del gobierno a los moderados, que ahogados por la corrupción tienen que buscar otra salida. Y en esto el Gobierno central dice que va a permitir a cada Autonomía revisar y reformar sus Estatutos, y que aceptará la reforma que los nuevos actores planean para Cataluña. Se prende la mecha del polvorín.

Se busca reconocer un encaje diferente para Cataluña, dotarle de más financiación y en definitiva de más competencias. Pero hubo dos partes que no suscribieron dicha reforma por introducir el concepto de “nación”, justo las que hoy se benefician de la situación, mientras nuestros queridos moderados, junto con los verdaderos independentistas y anticapitalistas, se han metido en un atolladero de proporciones astronómicas del que solo pueden salir a partir del 1-O.

A partir de ahí tocará renovarse, justo antes de llegar a un ostracismo seguro cuando se revelen todas sus tropelías y corruptelas varias, y la sociedad catalana y española se den cuenta de que les han radicalizado para no llegar más que a vulnerar la ley en un caso, y crisparle y generar odio en el otro. Pero lo importante a ojos del mundo es la instrumentalización del proceso, la imagen de víctimas y la búsqueda de un limbo, no la consumación de esa aspiración, que en ningún caso se quiere ni se va a dar y lo sabemos.

Ha habido conversaciones y propuestas, pero hace tiempo que no hablan, casi desde que les tumbaron su reforma y la del tripartito, desde que proponían algo así como ser un “estado libre asociado”.

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Ganar es lo importante, aunque se pierda

Desde el actual Gobierno central, misma lectura con diferentes intereses. Mientras siga viva la llama catalana, lo que perdamos en un sitio lo ganamos en el otro, y los cálculos electorales siguen saliendo. La voluntad de todos los españoles nos da igual, lo importante es llegar a una frontera en la que nada cambie, y nosotros salgamos ganadores con la seguridad que nos da nuestra mayoría, la legitimidad, y la tranquilidad de haber hecho lo necesario para seguir defendiendo nuestras políticas hasta las últimas consecuencias, cueste lo que cueste.

Nosotros hemos pateado la Constitución en diversas ocasiones, pero lo hemos hecho por el bien de todos los españoles, patria común e indivisible. Como vamos a decir que Cataluña es una nación, si nosotros nos hemos encargado de dejar a España como esa nación o Estado -a gusto del consumidor- cuyo sentimiento común es tan débil que no se puede cuestionar. Por tanto, ni Estatut ni nada parecido, no vaya a ser que nos quiten lo bailao.

Por supuesto que ningún grupo de ciudadanos va a votar nada, para eso ya están las elecciones, único bastión de la democracia. No se nos olvida que el Parlamento catalán puede pedir la realización de un referéndum al Congreso, pero esa democracia ya tal, que además los otros tampoco están por la labor y prefieren hacer las cosas fuera de la ley para así presentarse como víctimas y como desahuciados, justo lo que a nosotros nos gusta hacer. Así que tiramillas.

Compartimos además altas cotas de corrupción y sabemos que a la gente no le preocupa, así que cuando haya nuevas elecciones autonómicas tras el 1-O ya veremos si hay conversaciones o seguimos estirando el chicle. Por lo pronto vamos a disponer de toda la fuerza del Estado para aplastar a quien ose atacar la soberanía nacional, incluso de forma encubierta. Si hay césped jugamos el partido.

Además contamos con apoyo internacional, pero sin embargo nadie se atreve a decirnos en que espejo mirarnos y cual es la solución, no vaya a ser que la tomemos al pie de la letra y abramos precedente en España de algo modélico. Las recomendaciones en otros ámbitos ya si eso las guardamos con las papeletas incautadas y las urnas que iban a utilizar aquellos que de forma fehaciente van a saltarse la legalidad.

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Papeletas incautadas para el 1-O

Juzguen ustedes mismos

Hemos insistido en que este relato puede ser cierto o no serlo. Como reza el eslogan de un famoso programa que se emite los domingos, “estos son los datos, suyas son las conclusiones”.

Se admiten otros relatos.

 

 

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