Valga la redundancia del título, hoy Alemania es a la política europea como Roma era para esta parte del mundo en los siglos II y III: el centro neurálgico, su núcleo principal.

Si bien el haz de luz de los focos no incide con tanta fuerza como en anteriores citas, -entre otras cuestiones porque la intriga está en adivinar que pactos o coaliciones va a haber tras los comicios más que en quien va a llevarse la victoria- en nuestro país debemos tener presente cual es la magnitud de lo que va a suceder mañana domingo en Alemania, aunque el juego aritmético posterior sea aún más determinante.

60 millones de alemanes y alemanas (de un total de 82) están llamados a las urnas para determinar en unas elecciones federales ‘descafeinadas’ la composición de un Bundestag en el que se espera que la tarta sea repartida entre 6 formaciones (CDU/SDU, SPD, Die Linke, Die Grünen, FDP y AfD). Hoy no es jornada de reflexión en las calles del motor diésel europeo; pero hay una gran bolsa de indecisos (en torno al 46%) que puede hacer variar en mayor o menor medida la composición del Bundestag de esta 19ª legislatura. En Alemania este grupo no define el tablero, pero si puede mover algunos peones.

Si bien es cierto que la crisis social, económica y de liderazgo también han hecho mella a los teutones, el pueblo alemán suele -y parece que así va a volver a ser- autosituarse en el centro ideológico, pues se comparte un modelo de país con ciertas áreas inamovibles: Europa, modelo económico, Medio Ambiente, derechos civiles, mercado laboral, etc.

La diferenciación en la política alemana es escasa, podríamos decir que es un mercado de competencia bastante perfecta, donde cualquier sustitutivo nos lleva al centro ideológico. Por eso las campañas han sido aburridas y escuetas. Y por eso reducir el impuesto de la renta y las contribuciones a la Seguridad Social, subsidiar cada hijo nuevo, moderar la política migratoria o incidir en una transición ecológica y digital está en el tablero de casi todos los partidos.

El cóctel electoral: muchas burbujas pero poca frescura

Con estos ingredientes, el color del combinado que saldrá de la coctelera volverá a tener el negro de la CDU/SDU como color predominante. Merkel y sus socios bávaros, apuntan las encuestas, volverán a hacerse con una victoria holgada (36%) pero insuficiente para alcanzar una mayoría absoluta, y por tanto tendrán que buscar un gobierno de coalición, en el cual, entre quien entre, deberá ser consciente que lo hará en condición de socio minoritario.

La probabilidad habla de que lo más seguro es que se reedite la Gran Coalición; sin embargo el SPD de Martin Schulz es contrario a repetir nuevamente la jugada, pues supondría un desgaste irrecuperable y un factor que les desdibujaría por completo, máxime a expensas del resultado, que se estima en un 23% de los votos. Además las preferencias de los alemanes señalan que la coalición CDU/FDP sería la mejor vista, un escenario en el cual la derecha recuperaría tiempos pretéritos. En todo caso la prudencia y la cautela pueden más que las acrobacias sobre una cuerda menos fina que en otras ocasiones.

En base a los sondeos, entraría en el parlamento alemán como tercera fuerza la ultraderecha encarnada en la figura de AfD con un 11% de los votos. Tanto Die Linke -escisión del SPD y la izquierda de toda la vida- como el FDP se moverían en el umbral del 10%, mientras que Los Verdes se verían relegados a tan sólo un 8%. Lástima.

De esa coctelera post-electoral podrían salir tonos frescos y renovados; el cóctel Jamaica con CDU, liberales del FDP y Los Verdes, que ya se ha dado en algún Estado como Baden-Würrttemberg; o el Semáforo (esperemos que en verde) cuyas luces formarían socialdemócratas, liberales y ecologistas, que también se ha producido ya en Hamburgo por ejemplo.

Lo que es manifiestamente evidente y plausible, y es algo que la CDU ha dicho por activa y por pasiva, es que no va a gobernar ni con Die Linke ni con AfD, los menos populares en este baile de fin de curso, y con los que nadie quiere danzar ni una sola pieza. No obstante ojo a las sorpresas que puedan dar los socialdemócratas en las próximas semanas, pues no sería la primera vez que hacen de tripas corazón.

 

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¿Con qué bazas cuenta cada formación?

Si hay alguien legitimado desde dentro y fuera del país teutón para repetir victoria, esa es la CDU de Angela Merkel. Y es que a las cifras macroeconómicas -44M de empleados, 5% desempleo, superávit corriente- se suman conceptos que no solo la canciller sino el resto de alemanes utilizan: prosperidad, felicidad trabajo (88%), buena situación económica (75%), etc. Pero no nos dejemos engañar, cuando a la sociedad alemana se le mete el bisturí, también sale sangre.

Y en esto es cuando ha irrumpido Alternative für Deutschland (AfD), a quien algunos llaman el ciudadano enfadado, que ha aprovechado el problema con la inmigración – 1’3 millones de inmigrantes desde 2015- para abrir las puertas del odio y la xenofobia mediante el peor de los populismos posibles. Un partido que cuenta con la simpatía de Rusia, que a su vez mantiene estrechas relaciones con Merkel desde que la canciller y Putin se conocieron en la extinta RDA.

Parece que ha cobrado ventaja el partido neonazi en la lucha por la medalla de bronce y por colocarse como líderes presumibles de la oposición, demostrando una vez la potente droga que es el miedo y el odio en vena. En todo caso estamos hablando de como el resto de fuerzas quieren estrechar el cerco lo máximo posible sabiendo que jugar en coalición puede ser un arma de doble filo. Pero acercarse al filo es muy tentador, y van a ser 12 años que nadie lo huele.

Lo que queda claro, es que de esa coctelera multicolor de 598 o más burbujas saldrá un brebaje que en el resto de Europa va a estar muy presente en toda celebración. Empieza a saborearse el último grito: la alineación de un sabor vintage con viejos aromas semi-secos. Se está preparando el cóctel Merkron.

Por último, esa centralidad geográfica, ideológica y política de Alemania, deben servir como base y ejemplo al resto de Europa de cuales son las prioridades para construir un futuro común y en armonía: transición ecológica y descarbonización, mutualización de la deuda, armonización fiscal y monetaria, finanzas comunes, solidaridad, etc.; y también de lo que por muy goloso que parezca, no es un caramelo sino veneno: el miedo, el odio y la xenofobia.

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