“They took the credit for your second symphony,
rewritten by machine on new technology”

 

Con la misma hoja afilada que tenía la katana de Hattori Hanzo. Así se suicidaron los medios de comunicación allá por los inicios del siglo XXI. Y no fue un suicidio honesto, henchido de orgullo para evitar caer en las garras del enemigo. Fue un suicidio colectivo como el acaecido en Hokkaido en el año 2005, que nos arrastró a todos al abismo del monóxido dulcificado, sin darnos cuenta de la miseria moral en la que caíamos al mismo tiempo que ellos.

 

Con este inicio tan japones, y mitológico a la par que trágico, no queremos llamar la atención ni activar las zonas sensibles del lector hasta asustarles y crearles una angustia del calibre de Funny Games. Lo que queremos es mostrar una realidad, que ha traído sus ventajas y sus inconvenientes para la prensa, y por tanto para la información que circula por el mundo y en última instancia por nuestras neuronas.

 

Situábamos los albores del siglo XXI como los del suicidio del periodismo moderno, que al igual que el marketing de masas y la propaganda política nacieron con Joseph Goebbels en el III Reich. Y lo fijamos en ese período, precisamente porque en esa década se produjo el mayor número de fusiones de grupos de comunicación a nivel mundial, coincidiendo con la salida masiva a bolsa de un bien de utilidad privada pero que puede socavar las mentes en base a intereses de no información, si acaso de infoxicación.

 

Las grandes familias empresariales que están detrás de los emporios de la comunicación mundial, han conducido el autobús de la credibilidad, la opinión y la majadería hasta el último circo de acróbatas que quedaba vivo. Tras instalarse en él y darle tintes moribundos, nos parecía que la información a un click de ratón o a un toque de pantalla nos metía de lleno como buzos en el océano del poder de influir.

 

Conglomerados como Viacom, Bertelsmann Group, Daily Mail, NY Times o Lagardère, con su salida a bolsa y sus megafusiones y adquisiciones, han socavado la independencia y han pasado a ser drones al servicio del capital, que han ido dejando semillas a lo largo y ancho del globo. Solo así se entiende quien marca las tendencias, quien define el centro del debate, y quien pone en el ojo del huracán los óbices necesarios. Cuando dejamos a un lado el deber y el código deontológico de nuestra profesión y atendemos solo a lo que nos dictan los inversores, el filo de la katana nos está abriendo el estómago. La salida a bolsa de Prisa (2000), Atresmedia (2003), Mediaset (2004) o Vocento (2006), ha iniciado un período audiovisual e informativo que todos conocemos en España y Europa.

 

Sin embargo, y como ocurre con toda crisis, se abren ventanas pequeñas de oportunidad que dejan entrar aire puro en medio de una contaminación asfixiante. Han surgido medios, iniciativas y plataformas digitales que han formado pequeños ecosistemas, sirviendo de válvula de escape a tanto cinturón de óxido moral. Esos nuevos medios de comunicación, nos hacen partícipes de la transmisión de las ideas que, aunque son de un alcance muy reducido, pueden ir creando nodos tan fuertes que saquen a relucir las ventajas que nos ha proporcionado la globalización, que es indudable que existen.

 

Para que el poder de la información esté en nuestras manos, y no importa que tengamos que pagar por ello, pues la calidad se paga. Lo que no estamos dispuestos a pagar es una fábrica de títeres y escapistas; lo que no vamos a pagar es que nos dicten los renglones que tenemos que escribir como castigo. Por un periodismo independiente, libre, de calidad y sin manipular. Por el descubrimiento de una nueva selva virgen, de un respiradero mundial.
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