Asistimos en los últimos tiempos -especialmente en el último bienio- a un debate tan desnaturalizado como descolgado de la esencia de la humanidad en su conjunto, donde el único camino posible para todos nosotros es la concepción individual y mercantilizada de nuestro entorno y nuestro propio análisis del futuro como homos consumidorus.

 

Este debate que deberían llegar a la fosa más profunda de nuestra conciencia, precisamente sucede que emerge de lo más oscuro de esa fosa, saliendo de la misma en forma de látigo de la culpabilidad externa.

 

Hemos presenciado y presenciamos disputas dialécticas, con defensores y detractores de la inmigración, de otras culturas e incluso dentro de nuestras propias fronteras según la zona geográfica de la que procedamos. Y mientras siguen sobrevolando sobre nuestras cabezas como Stukas la ignominia de quienes nos gobiernan aquí y en Europa, que miran para Turquía y encargan ataúdes a la vez que llenan esos ataúdes con ingentes sumas de dinero de todos para nadie. Pero este tema será tratado en futuras publicaciones.

 

“Ustedes sólo quieren destruir lo construido, y las únicas soluciones que ofrecen a los problemas complejos son simplificadas”. Esto lo oímos a diario en nuestro Parlamento y en los parlamentos de la postverdad de las tertulias televisivas, fuente del sanedrín más rancio y canabinoide, y que desinhibe cualquier tendencia disruptiva, como si el tremendo vacío de su discurso pudiera ser llenado con sus propuestas, que aún son más espurias que su conciencia.

 

De nada sirve rasgarse las vestiduras y arrogarse la bandera blanca e inmaculada del cooperativismo y la solidaridad si no somos capaces de trabajar juntos con la voluntad y el decoro necesarios para afrontar un futuro incierto para una gran mayoría de ciudadanos del planeta, pero especialmente para la desvencijada y sin timonel Unión Europea.

 

Se cumplen 60 años del Tratado de Roma y la creación del germen de lo que hoy conocemos por Unión Europea. Y esta onomástica se celebra en el más absoluto de los lutos institucionales, un escenario ante el que no caben más demoras, pero en el cual nadie o casi nadie está dispuesto a ceder ni un ápice de su cuota de poder para alcanzar ese objetivo común que se marcaron Adenauer o Monnet, y que hoy es más utópico que nunca.

 

La Europa de varias velocidades en la que vivimos siempre ha tenido vagones. Y aunque estos venían cargados en un principio, hoy vienen casi vacíos y con tan poca frecuencia que se asemejan a nuestra red de cercanías ferroviaria. Mejor aún, y haciendo un paralelismo inversamente proporcional, se parecen a las pingues ayudas percibidas por nuestro país de ese proyecto comunitario, que fueron a parar a costosas y complejas infraestructuras que desarrollaron otro tipo de redes aún más complejas. Y de aquellos polvos vienen estos lodos en España, que presume de ser europea, tiene políticos que saltan como resortes ante cualquier crítica constructiva a la Unión Europea, pero que a su vez se sienten europeos solo para llenar sus bolsillos y ser la cabeza visible de un proyecto burocrático-tecnocrático con tentáculos largos pero anquilosados.

 

Aquellos que sufrieron en las trincheras defendiendo una unidad que probablemente no entendían, tienen su continuación hoy en las trincheras ideológicas sobre las que no caen proyectiles ni tierra; en realidad están herméticamente barnizados por la indiferencia, el odio y la mayor de las crudezas reaccionarias. Y ellos no son los que pelean en el fango, pero mientras hay otros a los que ese fango les llega hasta las orejas tras la alambrada de una frontera o en un campamento de refugiados fabricado a base de presupuestos de Defensa y defendido por el mismo enemigo, cerrando un círculo virtuoso perfecto para unos, y otro vicioso igual de perfecto en sentido contrario.

 

Quienes planteamos un modelo diferente en el Viejo Continente, somos apedreados y enviados al fondo del pozo, como proscritos de un mundo de tendencias suicidas que circulan tan rápido que no permiten ningún análisis de esas mismas tendencias, fuentes de un mismo problema, pero que quizás ya han envenenado tanto nuestro torrente sanguíneo que nos ha convertido en las mismas fieras que han llevado a la inanición de este continente, y que han convertido a otros en parte del problema, mientras ellos siguen sin aportar soluciones.

 

Ya lo dijo Ska Keller, líder del Partido Verde Europeo en el denominado ‘Consejo Europeo de la Vergüenza’: “tras romper todas las leyes relativas a los Derechos Humanos, me pregunto cómo pueden ustedes dormir por las noches”. Que nadie dude que algún día veremos la Europa que todos queremos, y esto no tiene por qué estar desligado del euro-escepticismo actual, pero si del odio y deseo de ruptura manifiestos que actúan como correa de transmisión de una transición que se está produciendo de forma contraria a la genuina. Que no tengan que pasan otros 60 años de confusión; por una Europa que salga del síndrome de Estocolmo actual a otra zona de confort; por una Europa unida, joven, atrevida, vanguardista y que sea intersección de varios caminos.
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